EL CETRO


"Se acaba el mundo" cantaron las Hécates, 
así como recorrían la faz de la tierra, 
robando las almas de los desprevenidos. 
Había azufre y nubes blancas, 
que Asmodeo moldeaba, 
formando las estatuas femeninas, 
que reconstruían un Averno, 
lujurioso y mugriento. 
Satanás alzó su trono, 
sobre el antiguo Olimpo griego, 
donde ahora el filósofo 
se bañaba en cicuta. 
Su corona fue de rocas, 
que Anubis guardaba en sus cofres, 
por su cetro fluía sangre, 
de las venas de los buenos. 
Los hombres se asustaban, 
así como los Lores los perseguían, 
con cuchillos candentes y con cadenas, 
enhiestos sus cuellos los maldecían. 
Y caían lágrimas sobre la tierra, 
de los ángeles y sus alas, 
los coros se estremecían, 
al contemplar el mal cara a cara. 
Y un cielo vacío se vislumbraba 
donde Dios moraba solo 
y los pocos hombres que había, 
a la Virgen adoraban. 
Y quedó vacía la Cruz de Cristo, 
quién subió al Edén con mal agüero, 
al no llevar a ningún humano, 
ya que prefirieron el Infierno. 
Y la eternidad ya comenzaba, 
roja y osbcura parecía, 
no había esperanza alguna, 
de que Belcebú se retirara. 
Pero brillaba una lágirma en la lejanía, 
del pentagrama negro, 
era un susurro que se escuchaba, 
un rezo de letanías. 
Y se asustó Belfegor, 
quién contemplaba como Astaroth, 
retiraba sus tropa de agosto, 
al nacimiento de otro día. 
Era un niño el que cantaba, 
el renacer de una esperanza, 
de un nuevo cristo sin Cruz, 
que nos amara con templanza. 
El Apocalipsis había estallado, 
así como la inversión en los órdenes de la Tierra, 
pero destellaba en la penumbra, 
la lágrima del niño. 
Y Samuel vuela por los aires, 
y recoge lo que queda, 
de una Tierra que fue desvastada, 
y ahora renace. 
Este es el canto de un fin, 
que termina en un principio, 
de una nueva Dimensión,
donde reinará el Niño.

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