Estúpida infeliz de mi conciencia
que traes crisálida justicia a discutir…
Si somos, tu y yo, adúlteras de la ciencia,
¿Cómo pretendes que juntas podamos discernir?
Si nunca hemos hallado coherencia,
en los detalles que regían las sentencias del fingir…

Apártate, no te entrometas…
Guarda tu distancia, sé que en algún rincón, has de existir…
Pero no te entrometas con mis ansias
y profundos deseos de ser feliz.

Siempre optaste por hacer de lo correcto:
tu escuadra, tu bandera, tu perfil…
¿Mas, qué saqué yo al final de todo eso?
sino un naufragio, una rasgada tela y un doloroso sentir…

Permanece drogada con los laureles de otra era,
cuando el ser perfecta, me llevaba a ser servil…
inyecta en tus alas la cafeína más espesa,
incluso, si tu quieres, hasta te la puedo compartir;
pero no se te ocurra presentarte a la hora de las sentencias
porque a esas horas es que tú te tienes que dormir…

Desde ahora, por ahora, y en cuanto yo siga siendo reina;
la regencia de mis días es sólo para mí;
no te afanes, que si alguna vez yo sufro de otra pena
ni siquiera esa tragedia la pretendo compartir;
¿de qué serviría?, si la última vez, que me acosó la condena,
de un desamor, tener que yo sufrir,
te escapaste, con el inconsciente, una semana entera
y mi losa casi tienen que esculpir…
Si el fracaso me apunta y afina el pulso
y en su diana me convierte a mí sin fin,
prefiero orgullosamente retorcerme entre el estiércol
que dejarte a ti de nuevo, las riendas de mi existir;
resígnate al fin al fuero de aceptar que cohabitas
conmigo el cuerpo, pero nunca más has de regir.