EL BORDE DEL ACANTILADO



Sus lágrimas corrían por el profundo acantilado 
Quizás por estar amartelada de alguien inanimado 
Su voz extenuada repetía un nombre 
Su silueta ajada interrumpía el horizonte 
Su corazón acribillado estaba desahuciado 
Sus manos desgastad
as estaban sangrando

Lentamente se dejó seducir por la invitación
Que el despeñadero ofrecía como comunión

Desgarró sus ropas, mostró su descarnado cuerpo
Y sin cavilar, sin vacilar atrapó el cepo de su maestro
En el aire se confesó, quedando así depurada
Y sonrió de una forma insana... sintiéndose sagrada



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