Viento blanco que me impulsa hacia adelante
como un canto delirante,
en busca de la aurora de tu alma,
que después del vendaval, como la calma,
se muestra fascinante,
más gentil y luminosa helada que ninguna.
Es tu andar, atrevido y mayestático,
el presagio categórico
que antecede a la tormenta de tus ojos,
capaz de congelar hasta los huesos
y calar incluso el alma
de aquellos infaustos mortales
que, obnubilados por tu silueta altiva,
se deben conformar con tu desprecio
y el rictus gélido de tu semblante
más allá de las brumas del invierno.