Cuadros de deseos olvidados flotan en su beso,
las tardes de verano rasguñan las piedras de su cuarto.
No puede escapar, el miedo actúa silenciosamente,
no quiere amar, las espinas absorben su presencia.
Isabel corre en campos de fuego infernal en busca de su amado,
el frío del sepulcro seduce su voluntad.
Los puentes hacia lo oscuro de su cantar mueren con su maligno espíritu.
Las noches de primavera se hacen eternas cuando las entierra en el desprecio.
No recibe la pura infección de vida, tampoco la amargura de su trágica fe,
solo extraña su dolor y su desgarrada misericordia.
Isabel abre sus venas como pañuelos de seda, no siente la espesura de la sangre.
Se desploma sin pensar en el suicidio de aquel putrefacto corazón,
pero sí en el reencuentro con su inmortal demonio que bailará con ella eternamente.