Paró el cóndor su vuelo,
la majestad de sus alas
y el brillo de su plumaje.
Díscolo e inoportuno
clavó su ojo en el hechizo de luna,
trazando simétricamente en el aire,
la silueta de su último viaje,
postergando la inercia del tiempo
en el cuadrante de la inexistencia
y en un rastrojo de segundo,
en el gramófono de las adversidades,
sonó estertora, la última sinfonía.