
Cuántas madrugadas habían en mi cuna
Ya no me acordaba del sonajero de la luna.
Mis piernas alcanzaban el límite del mundo
mientras los brazos querían alcanzar
estrellas que titilaban cerca del techo
de unos ojos inventados por un niño.
Ya no me acordaba que yo era
el sonajero de una luna que jugaba
resoplando la barriga de una cuna
que reía con estrellas y alegrías.
Madrugadas irreales de unos ojos de bebé.
Ya no me acordaba del mensajero de la luna.
Dibujaba la vida de sombras con sus manos:
mariposas y perros que ladraban en mi mente,
y a ese señor que andaba en silencio en la pared.
Son momentos que habitan la niñez.