PERFUME DEL MAÑANA



En mis tardes de ausencia recorro
los laberintos secretos en que guardo
con celo los tesoros de mis vidas pasadas.
Me siento en mi sitial de mimbre imaginario
y pongo sobre mí una corona de estrellas de mar,
y sobre la mesa de cristal rosado,
una tasa de infusión de esperanzas y cascaras de rocío.
Mi tabaco macerado en agua ardiente, canela y miel;
húmedo de aromas, lo envuelvo entre mis dedos
para vaciarlo en mi pipa encantada de besos
y fumarolas espesas que flotan en el ambiente
perfumado de siglos y años erosionados
por un calendario místico.
Con la paciencia de todos los años que llevo a cuestas,
bebo un sorbo de mi brebaje, enciendo mi tabaco,
abrigo mis piernas con una manta
de coloridos recuerdos y de espesas tristezas
trenzadas en el telar de las generaciones ausentes,
y me pierdo en mi periplo.
Me miro a la distancia y me quiero más que antes,
mucho antes de conocerte siquiera,
mucho antes de iniciarme en este rito
misterioso de adentrarme en el pasado
para encontrarme con la vida
que creí perdida y sonreír:
Para gozar del abrigo de mi manta,
alivianar la espesura, y perfilar fumarolas
con forma de corazón,
suspendidas en el perfume del mañana.
Antes de entrar en mí, bebo otro sorbo de misterio
y me encuentro diluido, transparente
y delicado como el papel de arroz.
Me envuelvo en mi cofre de esperanzas,
doblo mi mantilla, pongo mi pipa en su sitial
junto a mi corona de estrellas,
y despierto confundido entre los brazos
de un nuevo amanecer.

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