La ciudad se queda en silencio como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Es Semana Santa, dicen. Y yo camino entre iglesias llenas y veredas vacías, mirando a la gente entrar con esa mezcla de fe, costumbre y necesidad de algo… algo que los sostenga.
Yo no creo. Nunca creí.
No hay cruz que me explique el dolor, ni resurrección que me cierre las cuentas de la vida.
Pero igual… algo pasa.
Veo a una señora prender una vela, y no pienso en Dios. Pienso en a quién estará recordando. En qué nombre le estará hablando al aire. Porque capaz no es fe lo que hay ahí… capaz es amor que no tiene dónde ir.
Y eso lo entiendo.
Semana Santa habla de sacrificio, de culpa, de redención… palabras grandes. Pero yo las traduzco a cosas más humanas: errores, pérdidas, segundas oportunidades que a veces no llegan.
No necesito creer que alguien murió por mí para saber que todos cargamos algo pesado. Que todos, en algún momento, quisimos empezar de nuevo.
Y sin embargo, hay algo hermoso en este teatro colectivo. En la pausa. En la gente que se detiene, aunque sea por unos días, a pensar en lo que hizo, en lo que duele, en lo que ama.
Tal vez no haya milagros.
Pero hay intentos.
Tal vez no haya resurrección.
Pero hay personas que, después de tocar fondo, vuelven a levantarse… y eso, para mí, ya es bastante milagro.
Así que no, no creo en Dios.
Pero creo en ese silencio raro que aparece en estos días.
Creo en las manos que se juntan, en las culpas que se aflojan, en las ganas de ser un poco mejor, aunque sea por un rato.
Y si eso no es sagrado…
entonces no sé qué lo es.