
Alguna vez la Noche nombró emisario.
Te dio su nombre, y las armas de sus guerras
libradas siempre en silencio.
Representabas la Luna,
cada estrella,
en tus ojos ahogabas la intención
de amanecer libre de pesadillas.
En tus labios, moría la aurora,
pernotando la zozobra.
Habitante de oscuridad,
de la sabia oscuridad de las horas.
Llevabas el Libro Negro abierto
en las palmas,
mientras llamabas seres
con boca omnipresente.
Con la voz del miedo,
voz que invoca y conjura.
La Noche te nombró,
y se volvió irrepetible
cada letra cuando te llama.
No supieron verte,
no pudieron tocarte.
Sombra de ningún cuerpo,
y te sentiste limitado.
Quisiste apropiarte de un fulgor estelar,
muy lejano a ti.
La noche te vomitó de sus entrañas,
y ahora recorres los siglos
pintada la cara de luz falsa.