Guerreros, esplendor del cielo que fue vuestro en otro tiempo y que
ahora habéis perdido: ¿es posible que semejante estupor pueda apoderarse de unos
espíritus eternos? ¿O es que habéis escogido este sitio después de las fatigas de la batalla
para dar algún reposo a vuestro extenuado valor, movidos por el deleite que experimentáis
al dormir aquí como en las llanuras del cielo? ¿Acaso habéis jurado adorar al Vencedor en
esa abyecta postura? El contempla ahora a los querubines y serafines revolcándose en ese
lago, con las armas y las banderas destrozadas, hasta que en breve sus rápidos ministros,
descubriendo su ventajosa posición desde las puertas del cielo bajen y nos pisoteen al
vernos tan postrados o no sepulten con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertaos,
levantaos o permaneced caídos para siempre!
Oyéronle, y avergonzados, se levantaron sobre un ala, como los centinelas que
sorprendidos por el sueño se levantan a la voz del jefe, a quien temen, y se ponen de nuevo
alerta antes de haber disipado el sueño por completo. Y aun cuando no ignoraban aquellos
espíritus el infeliz estado a que se veían reducidos, ni dejaban de sentir sus espantosas
torturas, obedecieron, sin embargo, presurosos y unánimes, a la voz de su Comandante.
Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, que hacía grato sus dolorosos pasos sobre aquel suelo abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su horrible frente de una espantosa longitud, centelleante de armas; semejantes a los guerreros de otro tiempo, alineados con su escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso Comandante atuviese a bien dictarles. Satanael clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de los dioses, y, finalmente, calcula su número.

Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, que hacía grato sus dolorosos pasos sobre aquel suelo abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su horrible frente de una espantosa longitud, centelleante de armas; semejantes a los guerreros de otro tiempo, alineados con su escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso Comandante atuviese a bien dictarles. Satanael clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de los dioses, y, finalmente, calcula su número.
